Hasta siempre 2019
Desde hace mucho
tiempo no sentía tanto un año nuevo. Tengo pena y una nostalgia profunda de que
se acabe. Siento una compulsión por escribir algo, algo que me vaya a quedar
después de las 00:00.
Es sin duda, de
los mejores años de mi vida. Está empatado con el 2010, que fue cuando empezó
todo esto para mí. 2010 porque me cambié de colegio y entré a uno donde pude
descubrir el mundo. Empecé a enterarme de lo que sucedía más allá de los
límites de mi burbuja, y me conmoví y comprometí con ello. Fue el año de mis
primeras asambleas estudiantiles, de mis primeras marchas, cuando éramos tan
poquitos que había un zorrillo, un guanaco y cinco pacos para cada une. Fue cuando
rompí tantos miedos y sentí tan profundo que me llené de vida para siempre.
El 2011, todo lo que habíamos estado gestando el año anterior, germinó. Todo se expandió, las asambleas se multiplicaron y eran enormes, las marchas eran históricas, el sentimiento era lo más alto que había conocido. Lo dimos todo, todo lo que podíamos dar como secundarios convencidos de que todo lo podíamos. Vivimos tantas cosas, crecimos tanto, en tantas dimensiones. Muchos de los recuerdos más fuertes, que me determinaron para siempre, pertenecen a aquellos meses.
Y, sin embargo, fallamos.
O así se sintió. Lejos de tener el apoyo del mundo adulto, había que bancarse
los desdenes que nos hacían por estar haciendo eso, por no “dedicarnos a
estudiar”, porque “esas no eran las formas”; con algunas valorables
excepciones, claro está. Aún recuerdo la sensación del final de las marchas,
cuando el centro de Santiago retomaba su ridícula “normalidad”, cuando a menos
de media hora de nuestro paso, ya no había huellas de nada, y parecía que nadie
se había enterado de los compañeros gaseados, mojados, golpeados, detenidos, que
en esos momentos buscábamos sin descanso en las comisarías, tratando de
encontrarlos. Era una desolación tan grande, unas ansias enormes de que la ciudad
reaccionara, despertara, de que algo
pasara. Y cuando ya no pudimos sostenerlo más, y poco a poco se fue desvaneciendo
aquella energía, sólo conseguimos un par de migajas de todo aquello por lo que
habíamos luchado.
Los años
sucesivos hubieron pequeños intentos de recobrar la movilización, pero nunca
sucedió del todo. Poco a poco, sin percibirlo mucho, fui dejando de creer que ese
algo iba a suceder. Y con las cosas
que iban pasando, las crisis sociales en tantas partes del mundo, las
migraciones forzadas con sus horribles consecuencias, la pérdida de
ecosistemas, la infinita corrupción política, la crisis climática que nos tiene
al borde del abismo, la persecución a cualquiera que intentara hacer algo
contra la catástrofe, me iban sumiendo en una desesperación silenciosa que me
consumía por dentro, que intentaba manejar haciendo lo que podía en mi pequeño
espacio personal, tratando de ignorar la sensación permanente de absoluta
futilidad e impotencia.
Cuando el 18 de
octubre todo estalló, no podía creerlo. Era realmente como una de las miles de
fantasías que había tenido, imaginando alguna alternativa a la penosa agonía de
la sociedad. Sencillamente no podía creer lo que estaba pasando, jamás lo imaginé,
ya no lo creía posible, pero eran todos mis más grandes anhelos colectivos
sucediendo, y yo teniendo la posibilidad de estar ahí.
Había una mezcla
del horror de las atrocidades cometidas por las fuerzas represivas del
gobierno, con la incredulidad de que eso pudiera estar sucediendo en mis
espacios y lugares cotidianos, de sentirme de pronto en un país desconocido y
digno de relatos de territorios remotos, donde no existía ningún tipo de ética
social, y por otro lado la tristeza y el dolor de las vidas destrozadas de mis
desconocidos pero cercanos compañeros de lucha. Sin embargo, también hubo
siempre una corriente subterránea, de pura vida recuperada, efervesciendo
nuevamente con júbilo y fuerza imparable.
Dentro de mis
privilegios, que con todo esto se hicieron mucho más patentes, recuerdo en
algún momento me preocupé cuando imaginé que tal vez no podría seguir
estudiando mi querida carrera por un largo tiempo. Sin embargo, lo único que me
aterraba y angustiaba, era la posibilidad de que, de pronto, todo acabara. Cada
domingo era de incertidumbre, esperando lo que pasaría aquella semana, hasta
llegar a Plaza Dignidad y comprobar que seguíamos ahí.
Siento
profundamente que recuperé, que recuperamos la vida. Una vida real, nuestra.
Tantos
encuentros y reecuentros, tanto y tan sincero compañerismo, tanto amor tan
expandido. Nos volvimos realmente un cuerpo colectivo, empezamos a hacer un
auténtico tejido social, donde hay un espacio especial para cada une. Y aunque
ya sea demasiado tarde, aunque el daño infligido a la Tierra ya no tenga
reparación, y vayamos irremediablemente a perecer, al menos pudimos encontrarnos,
tomarnos las manos y mirarnos a los ojos antes del fin, porque si se pierda la
lucha ambiental, todas las demás están perdidas también. Pero ahora, al menos
lo intentaremos hasta el último momento, al menos miramos de frente de nuevo, y
recuperamos nuestra dignidad. Y si no cedemos al cansancio y las presiones, tal
vez logremos materializarla, institucionalizarla y hacerla constumbre, porque
por nuestras acciones de los últimos meses, ya la hemos recuperado para
nosotros mismos.
Hoy, sólo tengo
miedo del olvido y la nostalgia. Tengo miedo de que en algún momento miremos
hacia atrás, y veamos un lejano 2019 desvaneciéndose de nuestras memorias, como
un romántico y fallido intento de algo más. Tengo miedo de la nostalgia, que
devela que algo ya es parte de un
pasado irrecuperable. No quiero que este añorado y querido algo sea parte de un pasado nostálgico, de un recuerdo borroso, quiero
que viva siempre en el centro mismo de mi vida, de nuestras vidas. Si mantenemos
la llama encendida, ya no será solo un algo,
sólo un suceso, como un destello. Si alimentamos el fuego, podemos convertirlo
en un ser y hacer cotidiano, en un presente permanente de dignidad, lucha, y
amor. Ése es mi deseo 2020.
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