martes, 31 de diciembre de 2019

Hasta siempre 2019


Hasta siempre 2019

Desde hace mucho tiempo no sentía tanto un año nuevo. Tengo pena y una nostalgia profunda de que se acabe. Siento una compulsión por escribir algo, algo que me vaya a quedar después de las 00:00.
Es sin duda, de los mejores años de mi vida. Está empatado con el 2010, que fue cuando empezó todo esto para mí. 2010 porque me cambié de colegio y entré a uno donde pude descubrir el mundo. Empecé a enterarme de lo que sucedía más allá de los límites de mi burbuja, y me conmoví y comprometí con ello. Fue el año de mis primeras asambleas estudiantiles, de mis primeras marchas, cuando éramos tan poquitos que había un zorrillo, un guanaco y cinco pacos para cada une. Fue cuando rompí tantos miedos y sentí tan profundo que me llené de vida para siempre.

El 2011, todo lo que habíamos estado gestando el año anterior, germinó. Todo se expandió, las asambleas se multiplicaron y eran enormes, las marchas eran históricas, el sentimiento era lo más alto que había conocido. Lo dimos todo, todo lo que podíamos dar como secundarios convencidos de que todo lo podíamos. Vivimos tantas cosas, crecimos tanto, en tantas dimensiones. Muchos de los recuerdos más fuertes, que me determinaron para siempre, pertenecen a aquellos meses.

Y, sin embargo, fallamos. O así se sintió. Lejos de tener el apoyo del mundo adulto, había que bancarse los desdenes que nos hacían por estar haciendo eso, por no “dedicarnos a estudiar”, porque “esas no eran las formas”; con algunas valorables excepciones, claro está. Aún recuerdo la sensación del final de las marchas, cuando el centro de Santiago retomaba su ridícula “normalidad”, cuando a menos de media hora de nuestro paso, ya no había huellas de nada, y parecía que nadie se había enterado de los compañeros gaseados, mojados, golpeados, detenidos, que en esos momentos buscábamos sin descanso en las comisarías, tratando de encontrarlos. Era una desolación tan grande, unas ansias enormes de que la ciudad reaccionara, despertara, de que algo pasara. Y cuando ya no pudimos sostenerlo más, y poco a poco se fue desvaneciendo aquella energía, sólo conseguimos un par de migajas de todo aquello por lo que habíamos luchado.

Los años sucesivos hubieron pequeños intentos de recobrar la movilización, pero nunca sucedió del todo. Poco a poco, sin percibirlo mucho, fui dejando de creer que ese algo iba a suceder. Y con las cosas que iban pasando, las crisis sociales en tantas partes del mundo, las migraciones forzadas con sus horribles consecuencias, la pérdida de ecosistemas, la infinita corrupción política, la crisis climática que nos tiene al borde del abismo, la persecución a cualquiera que intentara hacer algo contra la catástrofe, me iban sumiendo en una desesperación silenciosa que me consumía por dentro, que intentaba manejar haciendo lo que podía en mi pequeño espacio personal, tratando de ignorar la sensación permanente de absoluta futilidad e impotencia.

Cuando el 18 de octubre todo estalló, no podía creerlo. Era realmente como una de las miles de fantasías que había tenido, imaginando alguna alternativa a la penosa agonía de la sociedad. Sencillamente no podía creer lo que estaba pasando, jamás lo imaginé, ya no lo creía posible, pero eran todos mis más grandes anhelos colectivos sucediendo, y yo teniendo la posibilidad de estar ahí.
Había una mezcla del horror de las atrocidades cometidas por las fuerzas represivas del gobierno, con la incredulidad de que eso pudiera estar sucediendo en mis espacios y lugares cotidianos, de sentirme de pronto en un país desconocido y digno de relatos de territorios remotos, donde no existía ningún tipo de ética social, y por otro lado la tristeza y el dolor de las vidas destrozadas de mis desconocidos pero cercanos compañeros de lucha. Sin embargo, también hubo siempre una corriente subterránea, de pura vida recuperada, efervesciendo nuevamente con júbilo y fuerza imparable.

Dentro de mis privilegios, que con todo esto se hicieron mucho más patentes, recuerdo en algún momento me preocupé cuando imaginé que tal vez no podría seguir estudiando mi querida carrera por un largo tiempo. Sin embargo, lo único que me aterraba y angustiaba, era la posibilidad de que, de pronto, todo acabara. Cada domingo era de incertidumbre, esperando lo que pasaría aquella semana, hasta llegar a Plaza Dignidad y comprobar que seguíamos ahí.

Siento profundamente que recuperé, que recuperamos la vida. Una vida real, nuestra.

Tantos encuentros y reecuentros, tanto y tan sincero compañerismo, tanto amor tan expandido. Nos volvimos realmente un cuerpo colectivo, empezamos a hacer un auténtico tejido social, donde hay un espacio especial para cada une. Y aunque ya sea demasiado tarde, aunque el daño infligido a la Tierra ya no tenga reparación, y vayamos irremediablemente a perecer, al menos pudimos encontrarnos, tomarnos las manos y mirarnos a los ojos antes del fin, porque si se pierda la lucha ambiental, todas las demás están perdidas también. Pero ahora, al menos lo intentaremos hasta el último momento, al menos miramos de frente de nuevo, y recuperamos nuestra dignidad. Y si no cedemos al cansancio y las presiones, tal vez logremos materializarla, institucionalizarla y hacerla constumbre, porque por nuestras acciones de los últimos meses, ya la hemos recuperado para nosotros mismos.

Hoy, sólo tengo miedo del olvido y la nostalgia. Tengo miedo de que en algún momento miremos hacia atrás, y veamos un lejano 2019 desvaneciéndose de nuestras memorias, como un romántico y fallido intento de algo más. Tengo miedo de la nostalgia, que devela que algo ya es parte de un pasado irrecuperable. No quiero que este añorado y querido algo sea parte de un pasado nostálgico, de un recuerdo borroso, quiero que viva siempre en el centro mismo de mi vida, de nuestras vidas. Si mantenemos la llama encendida, ya no será solo un algo, sólo un suceso, como un destello. Si alimentamos el fuego, podemos convertirlo en un ser y hacer cotidiano, en un presente permanente de dignidad, lucha, y amor. Ése es mi deseo 2020.

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