viernes, 7 de febrero de 2020

El país en busca de sentido


Texto escrito para el ramo de psicología, 
con ciertas exigencias de formato y bibliografía,  
desde mi perspectiva  de vida individual, 
y de estudiante de medicina participante de cuadrillas de salud.

Las últimas semanas, hemos sido testigos de sucesos que escapan a cualquier escenario imaginado acerca del futuro cercano. Tal vez, algunos teníamos la tenue esperanza de que algo sucediera, algo que nos sacara de la nociva inercia que nos estaba llevando, como individuos, sociedad y humanidad, inexorablemente hacia el despeñadero. Y tan fuerte ha sido el impacto de este súbito Estallido Social, que hoy en día nos cuesta llevar la mente hacia cualquier otro asunto, y todo lo vemos a la luz de esta nueva realidad, lo relacionamos con nuestra sociedad, y nos comprendemos desde una nueva perspectiva.

Es impresionante, como este país tan apático pasó, de una semana a otra, a ser un referente mundial de lucha social. Esto, sin embargo, nos recuerda nuestro pasado, y la vez anterior en que también lo fuimos. Y tal vez ahí está la clave, tal vez somos el devenir de ese proceso interrumpido. Guardando con respeto todas las proporciones, uno podría aplicar, a nivel colectivo e individual, el análisis que Viktor Frankl hizo de la psicología de los campos de concentración. Claramente, dentro de este marco, se hace necesario destacar las diferencias y particularidades del caso de Chile, y, además, plantear ciertos aportes a la causa, específicamente desde el área de la salud, y a partir de la concepción de que lo personal es político, y que individuo y sociedad están indisolublemente ligados en una continua relación de mutua determinación.

El proceso social que se venía desarrollando en Chile, fue interrumpido por la violenta dictadura cívico militar, la cual, con todo su horror, provocó un shock social, del cual mucho se ha escrito y comentado. Esto, se puede relacionar con la primera fase descrita por Viktor Frankl, donde luego de la internación de los prisioneros, venía una fase de shock.

La segunda fase es la de la apatía, y para el caso de Chile y sus procesos sociales, es la más relevante de analizar. No es difícil imaginar por qué, luego de los horrores de la dictadura, la sociedad entró en un letargo, mezcla de miedo y anestesia emocional. Frankl lo escribe de la siguiente manera: “La apatía, el principal síntoma de la segunda fase, actuaba como un mecanismo necesario de autodefensa. La realidad era atenuada, y todos los esfuerzos y emociones se concentraban en una única tarea: conservar la vida propia y la de los amigos”. (Frankl. 2016)

En nuestra fase de apatía, observamos inertes cómo el país se transformaba, a lo largo de 17 años, en un experimento neoliberal, que nos arrebataba hasta los más básicos derechos humanos, y posteriormente, en la década de los ’90, cómo la democracia en la medida de lo posible, continuaba con las mismas políticas depredadoras de la dictadura, y terminamos incluso siendo incapaces de horrorizarnos y reaccionar ante la violencia estructural. Y de pronto, un lunes nos despertamos con una revuelta estudiantil, el viernes la ciudad estaba en llamas, y el sábado, el país entero.

Idealistamente, podemos pensar que, como sociedad, hicimos el insight de que “una vida que consistiera sólo en salvarse o perecer, cuyo sentido dependiera sólo de miles de arbitrariedades (…) no merecería ser vivida” (Frankl, 2016), y ya no nos hacía sentido. Por eso, uno de los más resonantes lemas de este movimiento, ha sido: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”. Tal vez entendimos que se nos puede arrebatar todo salvo una cosa: “la libertad humana – la libre elección de la acción personal ante las circunstancias – para elegir el propio camino” y que aún podemos elegir la dignidad, la empatía y la resiliencia social. Lo más importante de este punto es, según la psicología desarrollada por Frankl, que “precisamente esa libertad interior, que nadie puede arrebatar, confiere a la vida intención y sentido”. Como país, nos encontramos en un proceso de despertar y reaccionar ante la violencia del sistema que se nos impuso, de que la estructura sirva a las personas y no las personas a la estructura, de recuperar el sentido de nuestras vidas y de nuestra historia, el auténtico, y no el sentido productivo al que quisieron confinarnos.

El intenso impacto que este Estallido Social ha tenido en cada una de las áreas de la vida de las personas, impele a una larga y profunda reflexión de nuestro rol en todo esto. Es, en primer lugar, un cuestionamiento a las estructuras externas, a nivel macro, motivado por el desarrollo mismo del movimiento social. Luego, en el devenir de los días y del mismo movimiento, el cuestionamiento se va trasladando, o expandiendo hacia otras dimensiones. El cuestionamiento de las estructuras externas encuentra un eco y un reflejo en nuestro interior, y empezamos a ver qué tan internalizadas y naturalizadas las teníamos, dictando las dinámicas de nuestro propio mundo interno, de nuestra forma de relacionarnos en todo nivel, de nuestra forma de entender y abordar el mundo.

De a poco, vamos tomando consciencia de que, si queremos cambiar nuestra sociedad, tenemos simultáneamente que cambiar nosotros mismo. Con este darse cuenta de nuestra responsabilidad individual y colectiva, cuando el impacto inicial amaina, y nos adaptamos a este proceso de largo aliento, empezamos a buscar las maneras de hacernos parte y aportar de manera sostenible, desde nuestra propia identidad, haciendo una trinchera de lucha desde quienes somos, con nuestras historias, aprendizajes, habilidades y recursos.

Y así hemos visto, cómo los distintos gremios se organizan para entregar al movimiento social aquello que mejor saben hacer. Vemos profesores entregando educación cívica, arquitectos diseñando escudos para los marchantes de primera línea, cuadrillas de salud cuidando al colectivo, cuadrillas de abogados defendiendo nuestros derechos, y un largo y nutrido etcétera.

También, nos hemos hecho cargo de que no sólo el trabajo de calle es importante ahora, sino que es fundamental el proceso reflexivo y creativo que llevemos a cabo, para poder construir en conjunto la nueva sociedad que tiene que nacer. En este punto han sido de vital importancia los cabildos, los cuales se han realizado con las más diversas temáticas y desde diversas organizaciones, donde cada comunidad, ya sea unida por el territorio o por la ocupación, tiene algo vital que aportar. En esta misma línea, las reflexiones que llegan desde distintas áreas, han adquirido un nuevo rol, ya no sólo de regodeo intelectual, sino de nutrir estos espacios y materializarse en acciones concretas de transformación de los modelos y dinámicas. 

En este sentido, desde el área de la salud, hay muchísimo que decir. Y no sólo porque es uno de los ejes sociales más cuestionados por este movimiento, no sólo por un tema de modelo estructural y de recursos, sino también desde un ámbito más sutil. El ámbito de los modelos relacionales interpersonales dentro de todo el sistema de salud, también debe ser cuestionado y transformado a la luz de las necesidades de esta nueva sociedad.

La deshumanización de la medicina, que está presente en gran parte de los modelos occidentales, sumando a las influencias del modelo de salud como un bien de consumo, han calado hondo en la identidad de la salud en Chile, donde las dinámicas hiper jerárquicas y autoritarias son reflejo de un modelo social. Juana Cortés, define a la persona como “un sistema conductual con formas de comportamiento marcadas por un modelo, repetitivas e intencionadas, que la vinculan con el entorno.” Esta definición establece una relación bidireccional entre persona y modelo social, la cual podría ser la clave para una transformación estructural del sistema y modelo de salud en Chile.

Partiendo de esta base, un primer paso para sanar nuestro sistema de salud, es aportarle, tanto desde la etapa de formación de profesionales, como desde intervenciones sistemáticas, empatía y resiliencia. Aunque esto no es algo nuevo, ya que se ha aplicado en diversas universidades y hospitales alrededor del mundo, incluyendo algunos casos en Chile, usualmente se ha pensado en cuanto a favorecer la relación médico-paciente, sin embargo, hoy nos hace falta llevarlo más allá. Necesitamos una resiliencia expansiva, que vaya desde la atención en salud y comunicación médico-paciente, hasta las relaciones macro a nivel de sociedad.

Las definiciones de resiliencia son incontables, pero una muy acertada que rescata Juana Cortes (2010), es “la capacidad de una persona para recobrarse de la adversidad, fortalecida y dueña de mayores recursos. Se trata de un proceso activo de resistencia, auto corrección y crecimiento como respuesta a las crisis y desafíos de la vida”. Lo fundamental de esta definición, es que se plantea como un proceso activo, es decir, algo que se construye.

Por otra parte, Cortes aporta otra idea clave: “es importante entender la resiliencia como un proceso de superación de la adversidad y de responsabilidad social y política, ya que ésta puede ser promovida con la participación de todos los actores de la sociedad. De esta forma, la resiliencia permite una nueva epistemología del desarrollo humano, en tanto enfatiza el potencial humano, es específica de cada cultura y hace un llamado a la responsabilidad colectiva. Un enfoque en resiliencia permite que la promoción de la calidad de vida sea una labor colectiva y multidisciplinaria”. Lo personal es político, el colectivo y su cultura la hacemos entre todos, y lo que logremos juntos, como sociedad, nos determinará como individuos.

Para favorecer la empatía y resiliencia en medicina, varias son las técnicas que se han propuesto. Una de ellas, que conviene recordar y destacar, es el mindfulness. Esta es una técnica contemplativa, de origen oriental, y el gran aporte que puede hacer, proviene de que “La intención central del mindfulness no apunta a la reducción sintomática, es decir, despojarse del síntoma, del dolor o el distrés asociado a una condición de salud o a la práctica médica. El objetivo de las prácticas contemplativas en salud busca transformar el impacto del síntoma en las personas, al modificar el modo cómo ésta percibe y experimenta lo que está viviendo.” El Mindfulness es una herramienta para aterrizar en la realidad, para darnos cuenta de quienes somos y donde estamos, despojarse de la apatía y enajenación, y desde ahí construir en consciencia y plenitud.

Como dice Krogh (2019), uno de los efectos del mindfulness, es la capacidad de apreciar la humanidad compartida, inherente a la existencia humana, permitiéndonos construir un colectivo profundamente empático, lo cual, aplicado a los servicios de salud, permitiría crear una “cultura institucional con mayor sentido” y un “sentido institucional”, el cual resultaría ser, asegurar el mayor grado posible de bienestar de quienes nos rodean.

Finalmente, esta forma de relacionarse permite comprender que “cuidar y cuidarse son dos caras del mismo fenómeno” (Krogh et al, 2019). Necesitamos resiliencia para el nuevo modelo de salud que tiene que emerger, y resiliencia para sanarnos como sociedad, en el más amplio sentido de la palabra. La salud debe ser un compromiso, un derecho humano fundamental, siempre, transversalmente, como eje social del cuidado y la preocupación por otros, no ya como el dispositivo que vuelve funcionales a los engranajes de una máquina.

Para partir con esa tarea, debemos aplicar la empatía para transitar este movimiento social y sus diversas manifestaciones, más allá de nuestra capacidad de comprenderlas en profundidad, incluidos aquellos sucesos que nos violentan en nuestra realidad subjetiva, aceptando que hay cosas que no comprendemos sencillamente porque nuestra experiencia vital no nos lo permite.

Esto incluye no juzgar. Debemos hacernos cargo de que como sociedad hemos causado profundo daño a un grupo determinado, constituido en clase social, durante demasiado tiempo. Hoy vemos el resultado de aquella exclusión y marginación, y si realmente queremos hacer una reparación de esta herida social, lo que se necesita es dar el espacio a la catarsis, comprender, contener y acoger. Los juicios y vetos sobre lo que no compartimos (comprendemos), sólo perpetuarán la fragmentación social.

Entonces hace falta la empatía a nivel macro, aplicada a la sociedad como un solo cuerpo, compuesto de mil diversidades y facetas, pero una unidad, al fin y al cabo. Y a partir de ésta, hace falta la resiliencia de este mismo cuerpo, para comprender su propio proceso, aceptarlo, transitarlo, y reemerger con una nueva perspectiva, con nuevas herramientas, madurando.

Retomando el hilo de las fases descritas por Frankl, aún nos quedaría por experimentar la última fase, la de la liberación. Sin embargo, este punto es tan imprevisible como lo fue el mismo inicio del estallido. Sería iluso imaginar un paraíso post crisis, sabiendo que los procesos sociales tienen plazos extensos y caminos que se asemejan a un espiral, avanzando, retrocediendo, creciendo lentamente, y más aún un camino de cambios tan profundos como los que añoramos. Tal vez es sensato prepararse para una cierta decepción, tal como describió Frankl, pero tal vez es más sensato dedicarse a cada asunto en su debido tiempo.

Por ahora, sabemos que se requiere de una gran empatía para haber sostenido el movimiento hasta este punto, y así mismo una enorme resiliencia para habernos sobrepuesto a tanto daño y violencia dirigida hacia la ciudadanía movilizada. Tal parece que vamos por buen camino, que la situación extrema y límite a la que llegamos, nos empujó de súbito a tener que ser capaces.

El aprendizaje de estas semanas está grabado a fuego en nuestras historias, personales y colectivas, y tal vez podemos confiar en que es algo que ya no perderemos más, tal vez el cariño, la comida, los aplausos entregados a las cuadrillas de primero auxilios, y las voces gritando “cabros, no se olviden de esto cuando sean médicos” resuenen para siempre en nuestros corazones. Tal vez el cambio ya nació y ahora viene el proceso de criarlo, de sostenerlo y permitirle crecer, para que madure en una realidad común, sostenida por estructuras que nos contengan en lugar de obligarnos, para que se internalice poco a poco en nuestros cuerpos y subjetividades, para que el piso de lo mínimo no baje nunca más del nivel de la dignidad, y que, de ahora en más, construyamos siempre hacia adelante, hacia la dignidad y el buen vivir.


Santiago de Chile, noviembre 2019