Texto escrito para el ramo de psicología,
con ciertas exigencias de formato y bibliografía,
desde mi perspectiva de vida individual,
y de estudiante de medicina participante de cuadrillas de salud.
Las
últimas semanas, hemos sido testigos de sucesos que escapan a cualquier
escenario imaginado acerca del futuro cercano. Tal vez, algunos teníamos la
tenue esperanza de que algo
sucediera, algo que nos sacara de la
nociva inercia que nos estaba llevando, como individuos, sociedad y humanidad,
inexorablemente hacia el despeñadero. Y tan fuerte ha sido el impacto de este
súbito Estallido Social, que hoy en día nos cuesta llevar la mente hacia cualquier
otro asunto, y todo lo vemos a la luz de esta nueva realidad, lo relacionamos
con nuestra sociedad, y nos comprendemos desde una nueva perspectiva.
Es
impresionante, como este país tan apático pasó, de una semana a otra, a ser un referente
mundial de lucha social. Esto, sin embargo, nos recuerda nuestro pasado, y la
vez anterior en que también lo fuimos. Y tal vez ahí está la clave, tal vez
somos el devenir de ese proceso interrumpido. Guardando con respeto todas las
proporciones, uno podría aplicar, a nivel colectivo e individual, el análisis
que Viktor Frankl hizo de la psicología de los campos de concentración. Claramente,
dentro de este marco, se hace necesario destacar las diferencias y
particularidades del caso de Chile, y, además, plantear ciertos aportes a la
causa, específicamente desde el área de la salud, y a partir de la concepción
de que lo personal es político, y que individuo y sociedad están
indisolublemente ligados en una continua relación de mutua determinación.
El
proceso social que se venía desarrollando en Chile, fue interrumpido por la
violenta dictadura cívico militar, la cual, con todo su horror, provocó un
shock social, del cual mucho se ha escrito y comentado. Esto, se puede
relacionar con la primera fase descrita por Viktor Frankl, donde luego de la
internación de los prisioneros, venía una fase de shock.
La
segunda fase es la de la apatía, y para el caso de Chile y sus procesos
sociales, es la más relevante de analizar. No es difícil imaginar por qué,
luego de los horrores de la dictadura, la sociedad entró en un letargo, mezcla
de miedo y anestesia emocional. Frankl lo escribe de la siguiente manera: “La
apatía, el principal síntoma de la segunda fase, actuaba como un mecanismo
necesario de autodefensa. La realidad era atenuada, y todos los esfuerzos y
emociones se concentraban en una única tarea: conservar la vida propia y la de
los amigos”. (Frankl. 2016)
En
nuestra fase de apatía, observamos inertes cómo el país se transformaba, a lo
largo de 17 años, en un experimento neoliberal, que nos arrebataba hasta los
más básicos derechos humanos, y posteriormente, en la década de los ’90, cómo
la democracia en la medida de lo posible,
continuaba con las mismas políticas depredadoras de la dictadura, y terminamos
incluso siendo incapaces de horrorizarnos y reaccionar ante la violencia
estructural. Y de pronto, un lunes nos despertamos con una revuelta
estudiantil, el viernes la ciudad estaba en llamas, y el sábado, el país
entero.
Idealistamente,
podemos pensar que, como sociedad, hicimos el insight de que “una vida que consistiera sólo en salvarse o
perecer, cuyo sentido dependiera sólo de miles de arbitrariedades (…) no
merecería ser vivida” (Frankl, 2016), y ya no nos hacía sentido. Por eso, uno
de los más resonantes lemas de este movimiento, ha sido: “Hasta que la dignidad
se haga costumbre”. Tal vez entendimos que se nos puede arrebatar todo salvo
una cosa: “la libertad humana – la libre elección de la acción personal ante
las circunstancias – para elegir el propio camino” y que aún podemos elegir la
dignidad, la empatía y la resiliencia social. Lo más importante de este punto
es, según la psicología desarrollada por Frankl, que “precisamente esa libertad
interior, que nadie puede arrebatar, confiere a la vida intención y sentido”.
Como país, nos encontramos en un proceso de despertar y reaccionar ante la
violencia del sistema que se nos impuso, de que la estructura sirva a las
personas y no las personas a la estructura, de recuperar el sentido de nuestras
vidas y de nuestra historia, el auténtico, y no el sentido productivo al que
quisieron confinarnos.
El
intenso impacto que este Estallido Social ha tenido en cada una de las áreas de
la vida de las personas, impele a una larga y profunda reflexión de nuestro rol
en todo esto. Es, en primer lugar, un cuestionamiento a las estructuras externas,
a nivel macro, motivado por el desarrollo mismo del movimiento social. Luego,
en el devenir de los días y del mismo movimiento, el cuestionamiento se va
trasladando, o expandiendo hacia otras dimensiones. El cuestionamiento de las
estructuras externas encuentra un eco y un reflejo en nuestro interior, y
empezamos a ver qué tan internalizadas y naturalizadas las teníamos, dictando
las dinámicas de nuestro propio mundo interno, de nuestra forma de
relacionarnos en todo nivel, de nuestra forma de entender y abordar el mundo.
De
a poco, vamos tomando consciencia de que, si queremos cambiar nuestra sociedad,
tenemos simultáneamente que cambiar nosotros mismo. Con este darse cuenta de
nuestra responsabilidad individual y colectiva, cuando el impacto inicial
amaina, y nos adaptamos a este proceso de largo aliento, empezamos a buscar las
maneras de hacernos parte y aportar de manera sostenible, desde nuestra propia
identidad, haciendo una trinchera de lucha desde quienes somos, con nuestras
historias, aprendizajes, habilidades y recursos.
Y
así hemos visto, cómo los distintos gremios se organizan para entregar al
movimiento social aquello que mejor saben hacer. Vemos profesores entregando
educación cívica, arquitectos diseñando escudos para los marchantes de primera
línea, cuadrillas de salud cuidando al colectivo, cuadrillas de abogados
defendiendo nuestros derechos, y un largo y nutrido etcétera.
También,
nos hemos hecho cargo de que no sólo el trabajo de calle es importante ahora,
sino que es fundamental el proceso reflexivo y creativo que llevemos a cabo,
para poder construir en conjunto la nueva sociedad que tiene que nacer. En este
punto han sido de vital importancia los cabildos, los cuales se han realizado
con las más diversas temáticas y desde diversas organizaciones, donde cada
comunidad, ya sea unida por el territorio o por la ocupación, tiene algo vital
que aportar. En esta misma línea, las reflexiones que llegan desde distintas
áreas, han adquirido un nuevo rol, ya no sólo de regodeo intelectual, sino de
nutrir estos espacios y materializarse en acciones concretas de transformación
de los modelos y dinámicas.
En
este sentido, desde el área de la salud, hay muchísimo que decir. Y no sólo
porque es uno de los ejes sociales más cuestionados por este movimiento, no
sólo por un tema de modelo estructural y de recursos, sino también desde un
ámbito más sutil. El ámbito de los modelos relacionales interpersonales dentro
de todo el sistema de salud, también debe ser cuestionado y transformado a la
luz de las necesidades de esta nueva sociedad.
La
deshumanización de la medicina, que está presente en gran parte de los modelos
occidentales, sumando a las influencias del modelo de salud como un bien de
consumo, han calado hondo en la identidad
de la salud en Chile, donde las dinámicas hiper jerárquicas y autoritarias son
reflejo de un modelo social. Juana Cortés, define a la persona como “un sistema
conductual con formas de comportamiento marcadas por un modelo, repetitivas e
intencionadas, que la vinculan con el entorno.” Esta definición establece una
relación bidireccional entre persona y modelo social, la cual podría ser la
clave para una transformación estructural del sistema y modelo de salud en
Chile.
Partiendo
de esta base, un primer paso para sanar nuestro sistema de salud, es aportarle,
tanto desde la etapa de formación de profesionales, como desde intervenciones
sistemáticas, empatía y resiliencia. Aunque esto no es algo nuevo, ya que se ha
aplicado en diversas universidades y hospitales alrededor del mundo, incluyendo
algunos casos en Chile, usualmente se ha pensado en cuanto a favorecer la
relación médico-paciente, sin embargo, hoy nos hace falta llevarlo más allá.
Necesitamos una resiliencia expansiva, que vaya desde la atención en salud y
comunicación médico-paciente, hasta las relaciones macro a nivel de sociedad.
Las
definiciones de resiliencia son incontables, pero una muy acertada que rescata
Juana Cortes (2010), es “la capacidad de una persona para recobrarse de la
adversidad, fortalecida y dueña de mayores recursos. Se trata de un proceso
activo de resistencia, auto corrección y crecimiento como respuesta a las
crisis y desafíos de la vida”. Lo fundamental de esta definición, es que se
plantea como un proceso activo, es decir, algo que se construye.
Por
otra parte, Cortes aporta otra idea clave: “es importante entender la
resiliencia como un proceso de superación de la adversidad y de responsabilidad
social y política, ya que ésta puede ser promovida con la participación de todos
los actores de la sociedad. De esta forma, la resiliencia permite una nueva
epistemología del desarrollo humano, en tanto enfatiza el potencial humano, es
específica de cada cultura y hace un llamado a la responsabilidad colectiva. Un
enfoque en resiliencia permite que la promoción de la calidad de vida sea una
labor colectiva y multidisciplinaria”. Lo personal es político, el colectivo y
su cultura la hacemos entre todos, y lo que logremos juntos, como sociedad, nos
determinará como individuos.
Para
favorecer la empatía y resiliencia en medicina, varias son las técnicas que se
han propuesto. Una de ellas, que conviene recordar y destacar, es el
mindfulness. Esta es una técnica contemplativa, de origen oriental, y el gran
aporte que puede hacer, proviene de que “La intención central del mindfulness
no apunta a la reducción sintomática, es decir, despojarse del síntoma, del
dolor o el distrés asociado a una condición de salud o a la práctica médica. El
objetivo de las prácticas contemplativas en salud busca transformar el impacto
del síntoma en las personas, al modificar el modo cómo ésta percibe y
experimenta lo que está viviendo.” El Mindfulness es una herramienta para
aterrizar en la realidad, para darnos cuenta de quienes somos y donde estamos,
despojarse de la apatía y enajenación, y desde ahí construir en consciencia y
plenitud.
Como
dice Krogh (2019), uno de los efectos del mindfulness, es la capacidad de
apreciar la humanidad compartida,
inherente a la existencia humana, permitiéndonos construir un colectivo
profundamente empático, lo cual, aplicado a los servicios de salud, permitiría
crear una “cultura institucional con mayor sentido” y un “sentido
institucional”, el cual resultaría ser, asegurar el mayor grado posible de
bienestar de quienes nos rodean.
Finalmente,
esta forma de relacionarse permite comprender que “cuidar y cuidarse son dos
caras del mismo fenómeno” (Krogh et al, 2019). Necesitamos resiliencia para el
nuevo modelo de salud que tiene que emerger, y resiliencia para sanarnos como
sociedad, en el más amplio sentido de la palabra. La salud debe ser un
compromiso, un derecho humano fundamental, siempre, transversalmente, como eje
social del cuidado y la preocupación por otros, no ya como el dispositivo que
vuelve funcionales a los engranajes de una máquina.
Para
partir con esa tarea, debemos aplicar la empatía para transitar este movimiento
social y sus diversas manifestaciones, más allá de nuestra capacidad de
comprenderlas en profundidad, incluidos aquellos sucesos que nos violentan en
nuestra realidad subjetiva, aceptando que hay cosas que no comprendemos
sencillamente porque nuestra experiencia vital no nos lo permite.
Esto
incluye no juzgar. Debemos hacernos cargo de que como sociedad hemos causado
profundo daño a un grupo determinado, constituido en clase social, durante
demasiado tiempo. Hoy vemos el resultado de aquella exclusión y marginación, y
si realmente queremos hacer una reparación de esta herida social, lo que se
necesita es dar el espacio a la catarsis, comprender, contener y acoger. Los
juicios y vetos sobre lo que no compartimos (comprendemos), sólo perpetuarán la
fragmentación social.
Entonces
hace falta la empatía a nivel macro, aplicada a la sociedad como un solo
cuerpo, compuesto de mil diversidades y facetas, pero una unidad, al fin y al
cabo. Y a partir de ésta, hace falta la resiliencia de este mismo cuerpo, para
comprender su propio proceso, aceptarlo, transitarlo, y reemerger con una nueva
perspectiva, con nuevas herramientas, madurando.
Retomando
el hilo de las fases descritas por Frankl, aún nos quedaría por experimentar la
última fase, la de la liberación. Sin embargo, este punto es tan imprevisible
como lo fue el mismo inicio del estallido. Sería iluso imaginar un paraíso post
crisis, sabiendo que los procesos sociales tienen plazos extensos y caminos que
se asemejan a un espiral, avanzando, retrocediendo, creciendo lentamente, y más
aún un camino de cambios tan profundos como los que añoramos. Tal vez es
sensato prepararse para una cierta decepción, tal como describió Frankl, pero
tal vez es más sensato dedicarse a cada asunto en su debido tiempo.
Por
ahora, sabemos que se requiere de una gran empatía para haber sostenido el
movimiento hasta este punto, y así mismo una enorme resiliencia para habernos
sobrepuesto a tanto daño y violencia dirigida hacia la ciudadanía movilizada.
Tal parece que vamos por buen camino, que la situación extrema y límite a la
que llegamos, nos empujó de súbito a tener que ser capaces.
El
aprendizaje de estas semanas está grabado a fuego en nuestras historias,
personales y colectivas, y tal vez podemos confiar en que es algo que ya no
perderemos más, tal vez el cariño, la comida, los aplausos entregados a las
cuadrillas de primero auxilios, y las voces gritando “cabros, no se olviden de
esto cuando sean médicos” resuenen para siempre en nuestros corazones. Tal vez
el cambio ya nació y ahora viene el proceso de criarlo, de sostenerlo y
permitirle crecer, para que madure en una realidad común, sostenida por
estructuras que nos contengan en lugar de obligarnos, para que se internalice
poco a poco en nuestros cuerpos y subjetividades, para que el piso de lo mínimo
no baje nunca más del nivel de la dignidad, y que, de ahora en más,
construyamos siempre hacia adelante, hacia la dignidad y el buen vivir.
Santiago de Chile, noviembre 2019